Del Amor y la Estupidez


Existe una creencia popular con relación al amor: que nos vuelve estúpidos. Sobran las historias del enamorado que, ante la persona a quien ama, redunda en torpezas y equivocaciones. Digamos que hay un tipo de amor que moviliza nuestra naturaleza errática y descubre un mundo de desaciertos e inseguridades dentro de nosotros.

Es así, aunque no siempre nos guste reconocerlo, el amor nos convierte en grandes estúpidos. Al menos yo tengo una lista de estupideces cometidas: intentos de dar serenatas en medio de avenidas concurridas e intentando hacer llegar la voz al séptimo piso de algún edificio, sin estar seguro siquiera de si aquel lejano balcón es realmente el de su apartamento; carreras para llegar a tiempo al punto concreto donde sabía que tropezarme con ella era inevitable, para luego no poder hablarle como imaginaba; cartas anónimas que finalmente no eran adjudicadas a mí, de modo que había estado insuflando las fantasías de ella con algún otro; endeudamientos para poder invitarla a cenar o comprarle algún regalo; tropezones y caídas porque quería lucir bien si ella me estaba mirando al caminar; derrame de líquidos varios sobre mi ropa porque me miró y me obsequió una sonrisa; atragantamientos con alimentos varios mientras intentaba pensar en alguna frase interesante para decir; y pare de contar. Todo ello producido por el encantamiento ineludible ante esa mujer.
Visto de este modo, es claro que estamos refiriéndonos al deslumbramiento inicial, al salto maravilloso y primario del corazón, apenas el comienzo de un camino que tal vez pueda llevarnos hacia otros estadios del amor. Me pregunto si en ellos se nos va pasando la estupidez, o si por el contrario todo el proceso del enamoramiento constituye un deterioro inevitable e irreversible de nuestras capacidades y destrezas. Lo cierto es que caer enamorado viene de la mano con la vivencia de la propia estupidez, lo que desde mi punto de vista constituye una oportunidad para reconectarnos con lo humano. La conexión del amor, profunda, contundente, completa, a la cual no siempre es posible acceder, tiene en la estupidez un gran aliado. Dicho de otro modo: cierta clase de torpeza y la ignorancia son la puerta de entrada al amor.
He aquí uno de mis recuerdos: quinto grado, yo un pequeño de unos 11 años, esperaba en el patio durante el recreo, poder hablar con Matilde, quien me gustaba mucho. Yo temblaba con todo el cuerpo, sentía el estómago saltar, quería salir corriendo pero las piernas no me respondían. Matilde se acercó, y yo no pude decirle nada en ese instante, le ofrecí un caramelo. Tragué grueso, como era debido dadas las circunstancias. Me atraganté, tosí desesperadamente, la miré pidiéndole me perdonara. Apenas podía respirar, luego susurré algo, inaudible, queriendo decirle que me gustaba. Ella sólo asintió y me tomó la mano. Finalmente tuve suerte.
Todos tenemos varias escenas similares en nuestro haber, que corroboran la relación entre el amor y la estupidez. Tómense un momento para revisar en sus memorias esos instantes donde la estupidez hizo su aparición, como una suerte de iniciación al amor. Cuando yo me permito conectarme con esa parte de mí, vislumbro la posibilidad de mirar el mundo a través de la compasión y la risa, combinación única que favorece el acceso a esta otra dimensión de las cosas. Creo comprender que es la torpeza la que nos enseña y nos abre el camino hacia el amor. Sólo siendo torpes, habitando nuestra estupidez (que siempre es mayor a lo que somos capaces de percibir y admitir) podremos captar la existencia del amor en nosotros y a nuestro alrededor.
Hay un mito antiguo llamado La Mujer Esqueleto, que es adjudicado a los Hopis (grupo de antiguos habitantes de la meseta central de los Estados Unidos de América); pueden encontrarlo en el libro Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola. Cuenta la historia de un pescador que levanta de las aguas, enredado en su sedal, al amasijo de huesos de una mujer desconocida. Aterrado intentó huir, pero a donde iba cargaba tras de sí a aquel armazón inerte, sin poder desanudarlo para deshacerse de él. Llegó hasta su casa, con aquella maraña de hilos a cuestas, y entre ellos la mujer esqueleto a sus espaldas. Más tarde se fundirían como amantes, luego de que él aceptara su presencia y se dedicase a desatarla.
Hay todavía una historia más conocido para la cultura occidental, un clásico para nosotros y del cual nos da cuenta por primera vez el escritor romano Apuleyo, en su Asno de Oro. Se trata del mito de Eros y Psique, referencia ineludible cuando se aborda el tema del amor. Hay en este relato un acontecimiento especialmente relevante: Psique, mujer de gran hermosura, vivía en un palacio encantado con un amante desconocido; llevada por la curiosidad y no sin temor, decidió descubrir quién era aquel ser que cada noche albergaba en su lecho, acercándose a él con una lámpara de aceita para iluminarlo. Así descubre que se trata de Eros, el dios del amor, quien yacía allí sumergido en un plácido sueño; el impacto de esa bellísima imagen produce un movimiento torpe y el derramamiento de aceite caliente sobre la piel del amado. 
El encantamiento y el temor iniciales, que van de la mano cuando nos encontramos por primera vez con el amor, nos vuelve estúpidos. A través de la torpeza que podemos abrir los ojos al amor; sólo a través de un acto de gran estupidez, y de la ruptura y dolor que ello puede acarrear, podremos entrar a una real y profunda experiencia de amor.
Aquel pescador se aterrorizó ante la mujer esqueleto y con torpeza tuvo que desentrañar la madeja de hilos que la mantenían atada a él; psique se vio obligada a pasar por pruebas extremas luego de su gran acto de estupidez (espiar a su amante y quemarlo accidentalmente con el aceite de su lámpara) antes de poder ascender al encuentro completo con el dios del amor.
Detrás de las primeras torpezas de ese encantamiento inicial está la verdadera y profunda estupidez humana, en todo su esplendor, indicando el camino para rendirnos al amor, para experimentar la sumisión del verdadero encuentro con un mundo irregular, cambiante, injusto, aplastante y que sin embargo se sostiene como la fortaleza que mantiene el precioso tesoro del amor real, con todo su dolor y contradicciones, lejos de los no iniciados.
En pocas palabras: debemos estar dispuestos a asumir y experimentar nuestra estupidez, si queremos aprender a amar. Así que quienes quieran adentrarse en la aventura del amor, sólo deben repetir colocando la mano en el corazón: ¡soy un estúpido!

2 comentarios en “Del Amor y la Estupidez

  1. Bueno definitivamente no tengo mas que admitir que tienes toda la razón en lo que dices. Quien se niega a aceptar la estupidez cuando se enamora terminar siendo apático y desentendido del sentimiento tan único que es el estar enamorado.
    besos!!

  2. Y quien se crea más listo y no se permita pasar por estúpido, termina siendo el más grande de todos, porque no hay mayor estupidez que dejar de ser estúpido para no perder la razón a través del amor.

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