Sin jardín

Había estado caminando por amplios espacios, luego robé flores de aquella casa ajena, para ofrecérselas a ella. Yo apenas tenía 9 años, ese día corrí como nunca antes latiendo desde la garganta con profundo apresuramiento… No era sólo el temor de ser capturado por el dueño de aquel jardín, sino el de ser descubierto por ella, por su hermoso mirar, reconocerme en sus ojos de niña blanca y sencilla.
Hoy me siento igual, pues he venido contando el tiempo de 15 en 15 minutos. Ella no ha vuelto a aparecer, se ha ido silenciosa, separando los espacios, rompiendo desde el fondo más difuso los colores que apenas iniciaban su aparición.
Al día siguiente un señor muy serio se presentó en la escuela, el director nos llamó al orden y pidió que no volviésemos a tomar flores de ese jardín. Aquella vez tampoco hubo coincidencias (como ahora): yo temblaba al entregarle el fruto de mi atrevimiento y ella indiferente apenas si me miró a los ojos.
Que quiebres produce el temor. Que vibraciones el riesgo.
Que silencios vienen ante el reconocimiento de un alma en otra…
Por eso la melancolía y esta no coincidencia… Espacios compartidos en ausencia. Y yo sintiendo: aunque no estés, ya estás; en los rincones que transitaste casi sin mirar, quedó tu suspiro, imborrable.
Ahora en aquella casa ya no hay jardín, ni flores que tomar. «Era muy difícil de mantener» me han dicho.
Que lástima.

Un comentario en “Sin jardín

  1. Tal vez esa niña no te ha olvidado y aún recuerda aquella flor que le ofreciste…Quizás hasta haya creado su propio jardín para que, cuando retornes en busca de otra flor, poder ofrecerte una variedad de ellas, para que escojas las que desees y más te guste, pero, esta vez, sin temor a nada ni nadie.

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