Un viaje de la memoria

Salimos muy temprano, poco antes de las seis de la mañana. Papá había ido a buscarme en “el mejor carro del mundo,” su Volkswagen Brasilia color naranja.

Yo sentía gran entusiasmo, un temor diminuto a ratos aparecía subiendo dese mi estómago. Meses atrás, este viaje deseado parecía improbable, una fantasía quizás de alguien tan joven como yo era; pero a veces el destino nos permite creer que podemos tener cierto control sobre las cosas que pasan, así que me fue concedida la gracia de esta posibilidad. O tal vez ya estaba decidido que yo tendría esta experiencia y mi anhelo no era otra cosa que la señal de una premonición.

En mi interior, yo conectaba esta partida con el movimiento que experimenté la primera vez que entré al teatro: de inmediato me embargó una temerosa certeza de que estaba ante algo sagrado, un espacio misterioso en el que podíamos despojarnos de todo para vestirnos con ropajes ajenos y expandir así nuestras posibilidades. Ahora también se abrían portales hacia espacios desconocidos, en este camino que estaba por iniciar junto a papá.

No era menor el recorrido, unas once horas nos separaban desde la capital al pueblo donde iba a vivir durante todo el año. Nos apresuramos entonces a arreglar mis cosas en la parte de atrás de la pequeña camioneta; tengo en mi memoria mi gran bolso azul y gris, mi morral pequeño que siempre iba en mis brazos, un baúl con toda mi ropa y mis libros, y mi guitarra. Mirándolo hoy, siento que todos esos objetos reflejaban la melancolía que me caracteriza, una soledad esencial que tiene su sonido característico en las cuerdas de ese instrumento musical que me permite moverme por las horas sin dificultad.

Salimos de la calle de servicio de casa de mi madre a la avenida principal en pocos minutos, de allí un rato más hasta conectar con la gran autopista que nos sacaría de la ciudad. Apenas comenzaba a amanecer y yo miraba todo con un aire de despedida, con la extraña certeza de que nada volvería a ser igual, que mi propia transformación interior cambiaría las cosas a mi alrededor. Todavía no sabía lo que me deparaba este viaje, sin embargo, estaba seguro de que se trataba de una etapa de transición.

Las voces de mis amigos de la universidad todavía resonaban en mi cabeza: “no lo hagas,” “busca un trabajo en la ciudad,” “inicia un postgrado lo antes posible,” “vas a perder un tiempo importante.” Ellos estimaban que era la decisión equivocada y me sentían perdido en un camino que no podían comprender, ese que me había llevado desde el escenario hasta la Brasilia naranja de papá.

Me sentía seguro con él al volante. Cuando salimos de la ciudad y conectamos con la vía hacia el Occidente del país, recordé que le gustaba mucho viajar, aunque prefería hacerlo de noche. Era común que mi hermano y yo nos subiéramos a su carro para irnos a alguna hermosa playa alejada de todo. Esta vez íbamos rumbo a las montañas.

En la medida en que sumábamos kilómetros en el contador analógico del típico tablero Volkswagen, también nos íbamos moviendo en el tiempo. Así fue como vine a caer en un instante en mis once años, de copiloto, regresando de un día de arena y sol hacia la casa. Atardecía y la brisa golpeaba fuerte en todos lados, rugiendo sobre las ventanas a medio bajar de lado y lado.

Aquella vez yo sentí miedo. Mi hermano dormía atrás, yo me creí el responsable de nuestra seguridad en esa carretera oscura. Desde los bordes del camino percibía la inmensidad, los pasos de mis abuelos, el zigzagueo de criaturas invisibles tras los árboles y arbustos que pasaban rápidamente sin dejar otra huella que el sonido de su presencia. Aquello me hablaba desde una profundidad inusual, así que le respondí con canciones.

Canté, con la fuerza de esa presión en el estómago yo canté. No era la primera vez que cantaba junto a papá, pero yo sentía que era mi estreno, así que usé todo el repertorio y me esforcé por darle a mi voz un tono grato y cálido. Tenía que usar mucha fuerza para escucharme por encima del viento, administrar bien mi repertorio para llegar más lejos y completar el camino. En los últimos minutos, hasta inventé algunas letras para llenar el vacío. Papá me escuchaba en silencio, conducía en un ligero trance, todo era fluidez.

Aquella memoria se fue esfumando ahora que transitábamos un nuevo camino, el que me llevaría a ese pueblo en lo alto de la montaña. No hablamos mucho en el trayecto, sólo mirábamos hacia delante, contábamos las horas: a las diez debemos haber pasado el peaje, a las dos paramos a comer en el cruce de vías, a las cinco debemos estar ya en la zona de montañas. Veremos el anochecer mientras subimos por esta vía sin casas, ni pueblos, ni voces.

La vía me era familiar, la había transitado antes. En los viajes de la infancia no tenía idea de a dónde íbamos, a qué hora llegaríamos, cómo estaban organizadas las paradas, si es que las habría. Ahora era distinto, hoy era yo quien guiaba el recorrido, quien era acompañado a realizar su propia historia. Hoy se trataba de mi viaje personal, en el cual mi padre tenía el rol auxiliar. Todo esto se sabía, pero no se decía; el silencio nos permitía experimentar los cambios de este tránsito hacia otra cosa.

Paramos a almorzar, allí sí hubo palabras. Papá me hizo las mismas preguntas que había escuchado tantas veces: “¿Qué es lo que vas a hacer allá? ¿Cuánto tiempo? ¿De dónde salió esta idea?” Yo, la verdad, no sabía cómo responderle, no era sencillo para mi explicar este viaje personal por mis propias memorias y la forma en que ello me conducía a conectar con un propósito que se relevaba en el sencillo acto de soltar, aceptar, entregar, coincidir, asumir. El proyecto era sencillo, sin embargo, pues era comprensible que me fuese a trabajar con la comunidad, a hacer teatro, a abrir diálogo con otros por medio del arte, a sentar las bases de una iniciativa creativa que daba sus primeros pasos en este poblado.

También había duda frente a tanta incertidumbre. Este destino se había revelado porque yo no tenía respuestas, ni planes posibles a realizar. Me había graduado hacía pocos meses, recibido mi título con una gran sonrisa en noviembre de 1995, y nada más. No había posibilidad que generara el sobresalto suave o la expectativa sutil que estaba buscando, casi sin saberlo. Por esto quizás me había decidido a “perder un año en un pueblo del Páramo,” como decían los críticos. Lo que puedo decir hoy es que allá el tiempo no transcurría del mismo modo, el paso de las horas se había detenido de modo que era posible escuchar el silencio.

En aquellas calles sencillas, en el frío incesante del ascenso, oculto bajo las mantas, estaba la ausencia de explicaciones que yo necesitaba, la oportunidad de encontrarme lejos del ruido contante de la capital, del otro lado de los proyectos y las intenciones. Dicen que todos necesitamos nuestro viaje de descubrimiento y tal vez este era el mío.

Yo no me consideraba un artista, ni nada. No tengo certeza sobre estas categorías, tal vez por resistirme a las etiquetas. Lo que yo siempre he querido es comprender mejor mi propia búsqueda.

A papá le calaba mi respuesta, esa del proyecto cultural y el trabajo comunitario. Le parecía sensato, hasta cierto punto; le era suficiente por el momento. Quizás lo que más le costaba comprender era la razón de este movimiento, aunque eso no me lo decía con palabras. Se apresuró a terminar el almuerzo, se encogió de hombros y me indicó con un gesto que debíamos seguir adelante para no llegar tan tarde. Nadie nos esperaba a una hora específica, pero es lo que se suele decir. Yo le pedí unos minutos más para comprar chocolate.

Ya era de noche cuando llegamos al pueblo, se sentía como un viaje al pasado. Sólo dos calles oscuras con casas de lado y lado delineando a esta comunidad contenida en el enorme espacio de aquellas montañas. Una vaca nos cortaba el paso, un caballo sostenía al hombre que la sacaría del camino. La señora que nos dio la llave no articuló más que el “buenas noches,” de modo que en muy pocos minutos ingresamos a la casa cural, deshabitada desde hace años. Aunque era una figura importante, allí no había sacerdote desde hace mucho; se encargaba el de otro pueblo con más habitantes, él cubría toda la zona.

Entramos en una casa grande, fría, sin muebles, sólo con una cama amplia en la habitación principal. Sentimos un silencio todavía más hondo del que veníamos creando en el trayecto hasta aquí, así que sólo dejamos nuestras cosas y salimos nuevamente a buscar un sitio donde cenar y hacernos con algunas provisiones. Eso conjuraría la soledad de aquellos espacios.

En unos 25 minutos ya estábamos en el pueblo grande, mejor iluminado y con algo de movimiento todavía. Allí ingresamos a un sitio que nos pareció cómodo y suficientemente amable para la comida que íbamos a compartir. Pedimos una pizza, unos vasos de vino para brindar por el camino que yo emprendía en ese momento. “Una nueva etapa de vida,” decíamos como parte de un breve discurso improvisado que torpemente compartíamos.

Yo le di las gracias a papá por hacerme acompañado en este viaje tan importante, fue así como inició la conversación que había estado aguardando a lo largo del día. Él volvió a hacerme las mismas preguntas, pero esta vez yo no repetí de memoria las frases hechas, sino que empecé a intentar transmitirle como esto surgía de una duda, una pregunta que iba a permanecer abierta como parte de un proceso personal. Hubo una pausa que produjo un eco en mi memoria.

Cuando yo tenía 16 años, tuvimos un almuerzo muy significativo, en una tasca que solíamos habitar al menos una vez a la semana. En aquella oportunidad yo le reclamé a papá sus ausencias, su severidad, sus pocas palabras; le expresé rabia por su deshonestidad e incomprensión, por sus desaparecidas esporádicas. Yo era el hijo dolido y también el defensor de mi madre, aunque eso no me correspondiera del todo. Él no relativizó mi experiencia, no intentó demasiadas explicaciones, sólo me pidió perdón y lloró conmigo, me dijo que me quería. Nos encontramos.

Hoy también estábamos cerca, cinco años más tarde. Esta vez me dijo unas palabras que todavía vibran en mi pecho: “me da miedo dejarte aquí solo.”

¿Por qué me impactó tanto esta afirmación? Primero, porque fue el reconocimiento de un temor, la primera vez que mi padre se mostraba con tanta vulnerabilidad, con ningún control de la situación, bajando la cabeza y escondiéndola entre sus brazos. También porque él hubiese querido seguir a mi lado, acompañarme a lo largo de todas las experiencias que iban a llegar de allí en adelante.

Todo esto significada algo todavía más importante: papá siempre estuvo conmigo, cerca, nunca se alejó; en sus viajes, en sus silencios y ausencias, se mantuvo allí, a cada paso y en cada instante. Esto fue crucial a lo largo de mi vida, existía esa conexión en un nivel profundo. No era lineal, no era perfecta, a ratos incluso se distorsionaba en algo que tal vez no quería conmigo, pero allí estaba, como una realidad que solamente puede aceptarse, fuera de mi vigilancia. Esa frase traspasó ese muro que a ratos nos separa del mar.

También fue el último impulso para la apertura completa del portal que me sacaría del transcurrir del tiempo, a través de las resonancias de mi memoria. Durante ese día había estado viajando hacia el pasado, completando, aceptando momentos, abrazando libertades minúsculas y esenciales que ahora me permitían forjar un nuevo camino. No había reclamos, ni pesadas expectativas, sólo la sensación de avanzar hacia un territorio que debía explorar con mis propios pasos.

Esa noche, dormimos en la casa vacía, que se fue llenando con nuestros sonidos. A la mañana siguiente, todavía en un tiempo sin tiempo, aquellos dos viejos sentados junto el fogón me daban la bienvenida, en un pueblo sin televisión ni líneas telefónicas, en una calle poco transitada por turistas que se detenían a ver por unos minutos la rareza particular de lo rural.

Papá me abrazó antes de partir. Me miró con esa medio sonrisa que indicaba que todo estaría bien. Salió de regreso a la capital, yo me quedaba suspendido entre las piedras, la tierra, el pasto, las almas; encontrándome desde la infancia con un futuro que no había sido pre diseñado, sino que constituía una difusa promesa. Todas las épocas se hicieron una y yo comencé a escuchar los cambios de mi voz, a sentir las pisadas que me conducirían hacia el centro de lo que soy.

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