Lágrima que esconde los ecos
de las voces de la infancia,
en tu superficie se amplifican
las figuras esenciales del amor.
Así de sutil es el rocío
que al despertar eriza nuestra lengua
sostiene los anhelos y trasluce
todos los sueños sencillos.
Se sabe que vamos a caer
por eso sostenemos el aire
e intentamos reducir el vaivén
que lleva la vida adherido.
El instante pasa y llega el descenso
el suave deslizar por tu espalda
el asombro ante el estiramiento de los sentidos
la concentración de un contacto suspendido.
En el llanto, el ahogo,
la derrota compartida, el cansancio,
soledad irreversible de saber reconocer
el sonido de las almas.
Allí las aguas liberadas
en cadencias infinitas
el rugir hondo y vibrante
de las montañas.
Allí la sed de reencuentros
las despedidas, el aplastante
recordatorio de eso que
señalan como realidad.

