Escribir poesía en muchos sentidos representa un hecho coyuntural y, hasta cierto punto, accidental; lo de verdad trascendente y crucial es vivir poéticamente.” (Armando Rojas Guardia, 2013)
Encuentro un ritmo distinto cuando hablo contigo, una instancia más austera, un alcance más amplio quizás para salir a tu encuentro en una calle cualquiera.
Uno podría imaginarte en un páramo o un desierto, pero hoy tu presencia vibra en una esquina de ciudad, con pasos propios de un alma solitaria que avanza hacia otro desencuentro.
Hoy podría fumar ese último cigarro contigo, para recuperar lo más profundo de tu prosa, lo más corpóreo de tu misticismo. Quizás sea que hoy quiero abrazarte, y en tus poemas encuentro primero la esencia ascendente de tu entrega.
Hace tiempo que ya anunciabas tu partida.
“Vivir poéticamente es vivir desde la atención: constituirse en un sólido bloque sensorial, psíquico y espiritual de atención ante toda la dinámica existencial de la propia vida, ante la expresividad del mundo, ante la sinfonía de detalles cotidianos en los que esa expresividad se concreta.” (Armando Rojas guardia, 2013)
Maestro y amigo, me enseñaste que ser ingenuo es ser libre y que en la cotidianidad de las cosas más simples es donde se esconden los poemas, allí se revela la inmensidad.
Yo sé que te has esparcido por todo Mérida, dando un respiro a su decadencia. Yo creo que en tu viaje sideral le has dado la mano a Juan Félix Sánchez, quien también celebraba cada 8 de septiembre nuestro cumpleaños, cantándole a la virgen.
¿Cómo se desliza este hilo que me conecta contigo, con la Virgen de Coromoto y el artista de los páramos? ¿De dónde provienen las voces que me guían tras los muros fríos y los caminos de tierra, la idea de lo trascendente y una suerte de soledad existencial?
“Vivir poéticamente es también vivir a la espera del momento inspirador, del instante denso, del minuto pletórico de vida en el que se rasgan los velos del entendimiento y accedemos a un estado cualitativamente superior de conciencia.” (Armando Rojas guardia, 2013)
Aquel día yo hice el mismo recorrido hacia la capilla de piedra, donde él acomodaba las figuras de los santos para apreciarlos mejor ante la luz natural. Ese día también ayudé a cavar su sepultura y de allí emergen las memorias que me llevan de regreso a tu casa Armando, donde hablamos de poesía y revisamos las tragedias y sus símbolos.
Nos ibas enseñando a hilar palabra desde el corazón, con el intelecto adherido al cuerpo. Todo lo presente era ineludible e inseparable, hasta el atardecer desde tu pequeño jardín en la ciudad de Caracas.
Tu partida definitiva despierta mi conciencia y me anima a decirte gracias, maestro, místico y poeta.
En el centro de mí mismo,
a veces seguro, a veces inhóspito,
se teje la urdimbre de una entrega.
Ese que soy, ese que fui, ese que no sé
cuántas posibles máscaras lleva,
se manifiesta en mi voz.
Tú me dices y yo consiento,
te pido un permiso para ir
a través de los inmensos e íntimos espacios
de tu creación.
Tú me recibes.
Estoy aquí y acepto,
estoy aquí y entrego.

