Inmóvil (La Pelota Reventó)

Claro que no podía moverse, la instrucción había sido clara. Todavía escuchaba, entre el tumulto de estímulos internos, la voz de su hija: «espérame aquí unos minutos.» No le extrañaba, la situación se repetía con frecuencia, cada vez que iban hacia o regresaban de, el debía esperar en algún café, mientras ella hacia aquello que tenía que hacer «ya que estamos por aquí.»

Esta vez le había tocado un parque. Sentado en un banco de madera, rumiando sus pensamientos y lamentándose por casi haber perdido la vista, escuchaba claramente los ladridos de un perro que una pareja paseaba relativamente lejos de donde se encontraba. Más claramente, llegaban los gritos y golpes de unos niños que, no sabemos con qué pretexto, torturaban una gran pelota inflable con sus patadas y puñetazos.

Más acá, un adolescente perseguía con intensidad a una gran lagartija, que se escabullía entre sus dedos. Así también, él andaba detrás de sus pensamientos, intentando capturar uno claro y esencial, que le permitiera quizás entender un poco mejor lo que le estaba sucediendo. Había muchas voces allí y sobre todo el pesar por estarse quedando ciego, la rabia de no poder irse de allí y valerse por sí mismo.

Pero aquella pelota no podía quejarse, a pesar de los maltratos, ella seguía rebotando aquí y allá, abrazando su destino. En cambio la lagartija sí se resistía, se empeñaba en mantenerse en movimiento y realizar giros inesperados, que sacaban de balance al adolescente. Así son también los pensamientos.

Le dolía la cabeza y todo retumbaba. Los ladridos se escuchaban con potencia, parecía allí haber alegría y un código secreto que sólo la pelota podía comprender. Esta, ya hemos dicho que aceptaba su circunstancia, parecía saber lo que podía pasar. A él le dolía la cabeza y pensó que podría recostarse. Era pesada aquella tarde, quizás el calor.

El joven desistió con inmensa frustración, la que descargó sobre el balón una vez que un mal cálculo del mayor de aquel grupo lo sacó del espacio de juego. Hernán tenía 10 años y mucho que sacudirse, pues sus padres habían tenido una pelea más aquel día. Pero no fue su culpa, recordemos que el esférico conocía su fortuna.

En simultaneidad, mientras escribo estas líneas, todo vuelve a repetirse. Porque él descendió en un suspiro y cayó sobre el banco soltando el último de sus pensamientos, al tiempo que el joven pateaba aquella pelota y el perro la recibía entre sus dientes para, con un sólo movimiento de mandíbula, terminar con la tarde de juego.  En ese segundo la lagartija se puso a salvo.

Así también, todos comprendieron lo ocurrido. Su hija lo encontró allí y en alguna dimensión pudo escuchar el alivio del reptil y la explicación que Hernán le dio a su madre: la pelota reventó.

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