Desencuentros. Danza y Silencio

¿Cuánto me cuesta vincularme?

Muy a mi pesar, debo reconocer que mucho, y cuando se trata de un contacto realmente significativo hay trechos que se me hacen en exceso difíciles e involucran sufrimiento.
Intento desentrañar la maraña de sobreentendidos, malentendidos, dobles sentidos, que se pueden generar en un intercambio de palabras, de gestos, de movimiento interior; pero es imposible controlar los efectos que una acción pueden tener en mí y en otros.
Intento estar alerta, pero ello puede empeorar las cosas, porque entonces percibo decenas de voces alrededor: las bien intencionadas que aportan al entuerto con sus «deberías esto y aquello…», las mal intencionadas que leen a placer y modifican la realidad en función de intereses que se me hacen extraños y ajenos. Y todo lo demás, lo que no puede medirse ni nombrarse.
En el fondo de todo, podría decir en el fondo de cualquiera, aguarda la misma necesidad: amar y ser amados. Sentir la trascendencia de un encuentro, que requiere valor, respeto, honestidad y sobre todo riesgo. Una clase de riesgo que se va perdiendo entre tantas fantasías, que se ahoga en las expectativas y los cuidados para no salir heridos.
Mientras lucho por tener el control de mí y mi circunstancia, me quedo sin energía para dar y recibir afecto, comprensión, e incluso para leer cuando es necesario retirarme a mi propio espacio y descansar.
Es curioso, porque a pesar de todo, las desilusiones constantes se convierten en un aliado seguro para la apertura posterior; el sufrimiento manifiesto en una y otra despedida permite pulir el alma y prepararla para un encuentro mayor, que llegará en su momento.
Creo que la renuncia es un camino hacia la reconciliación. El quiebre del ego y de las máscaras, que no es fácil de sobrellevar, se hace inevitable en el camino espiritual de la conexión real y significativa con otro ser humano.
Es difícil aceptar la incertidumbre inherente al hecho de que no hay formas preconcebidas de relación, no existen fórmulas para garantizar la perdurabilidad de un encuentro, y en lo fugaz y frágil de la propia vida está la esencia del podernos sentir acompañados por breves minutos en la existencia. A veces eso es todo lo que tenemos: unos minutos de verdad.
De esa certeza, la posibilidad de un minúsculo instante de encuentro real, la ínfima alternativa de que soltemos nuestros fantasmas y demonios y exista un otro que los acoja mientras hacemos lo propio con los suyos; de ese suspiro diminuto en el cual, al borde el agotamiento, dos seres humanos pueden amarse, surge la energía de la consciencia y el abrazo fraternal que todo lo acepta y perdona.
Ese es el hogar que estamos buscando, eso lo que se nos perdió no sabemos en qué resquicio del camino.
Entonces nos quedamos sin palabras. He allí la posibilidad de la danza y el silencio.

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