Llamados

Cuando todo alrededor se mueve, cuando siento la turbulencia de una mentira multiplicada por miles de millones de conciencias, es entonces cuando aparece la duda en mí. Se nubla por un instante mi camino, y me pregunto si soy quien soy y estoy donde estoy.
Soledad es una sensación constante, tanto como el miedo a esa presencia sobre mis hombros. Me obligo a deslastrarme de ella, y ella vuelve una y otra vez, por caminos deferentes para que no pueda reconocerla hasta que me tiene entre sus brazos.
Así que me doy cuenta de las grietas, por primera vez en mi vida. Hasta ahora todo había estado lleno de romanticismos, y me he aferrado a ellos con devoción. Ahora es diferente, porque lo que antes fue teoría, postura recreada por los poetas, ejercicio intelectual en la distancia protegida de las ideas, es hoy vivencia galopante desde el hondo interior.
Algo se revela, como una voz tenebrosa, torcida y sin embargo firme, indicando a veces sin palabras claras que el tiempo de las certezas ha terminado. Todo se vuelve incierto, incluso mi presencia hoy en este mundo. Comprendo por qué todos aquellos falsos maestros que he criticado en mi ignorancia se adhieren con pasión irrefrenable a sus máscaras. Esa forma de consistir es de los pocos atajos relativamente fáciles que nos quedan. Es lo que está a la mano, puede decirse.
La otra opción es quedarse a la intemperie y, lentamente según dictan mis sensaciones, irse quitando la piel y los ojos, para dejar el esqueleto desnudo, vísceras palpitando, músculos cayendo, a la vista de todos. Este es el camino que me asusta.
Me veo saltando la barda, librando con audacia y agilidad la corona de alambre de púas que protege el otro lado y, de pronto, la duda se apodera de mí, me pregunto ¿seré capaz de soportar ese espacio abierto y mi desnudez? Y en ese instante se me engancha un muslo en el alambra puntiagudo, me quedo sangrando y adolorido a medio camino.
No me atrevo a ir más allá. Mientras todo se detiene y se derrumba.
Pero hoy estoy mirando hacia el otro lado. Me encuentro más consciente de mi disyuntiva: elegido el camino del peregrino, no debería temer quedarme sin refugio. No se puede, en las actuales circunstancias, intentar guardar la habitación intacta y al mismo tiempo salir a hacer propio camino. Esta vez el entorno se vuelve más exigente y el Destino confiere tanto libertad como hace sus exigencias. Para el siguiente paso, para ganar conciencia, hay que soltar prenda.
Se, sin embargo, que hay formas de andar.
¿Qué hago con mis pies
Que me guían sin retorno?
¿Qué hago con mis manos
Que tientan tu oscuridad?
¿Qué hago con tu voz
Que presiento en el silencio?
¿Qué hago con la vida
Rodeada de despedida y muerte?
¿Qué hago con mis palabras
En medio de tanta futilidad?
Estas son las preguntas que hago a ese Dios desprovisto de formas, a ese Sonido infinito que viaja sobre nuestras cabezas, a esa Conciencia eterna que es parte esencial de nuestro aliento.
Si soy tan frágil, ¿podrá esta noche ser mi refugio?
Si alzo mi voz y entono un canto ¿llegará hasta mi algún eco?
Si entrego mis ilusiones ¿será llenado este vacío?
Si suelto mis brazos en la caída ¿seré acogido?
Responde alguna voz al paso:
No hay certezas, ni garantías
La invitación está hecha
Sigue abierta
Hay espacio…
Así sigo, andando, desandando, repitiéndome y sin embargo, sorprendido por este extraño mundo que se ha vuelto indistinguible atrapado en la bruma de un trecho inexplorado, distinto y salvaje.
Escucho a lo lejos los ladridos. Hay alguien que cuida el jardín.
Sigo cantando.

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