Hablando al Tiempo

La primera vez que tuvo conciencia de sí mismo fue porque se enamoró. Tenía apenas 15 años y no podía llevar bien la presión en el pecho que estaba casi siempre presente, que se hacía más fuerte cuando ella se aproximaba o se encontraba cerca. No hacía sino soñar con ella, pensar en ella, mirarla y suspirar durante las clases, imaginar que lograba besarla todas esas veces en que estudiaron juntos en casa del uno o el otro, durante largas horas.
Así que para soportar esa presión, la imposibilidad de confesar su amor durante los primeros meses, la necesidad de dejar salir algo de las intensas emociones que experimentaba, comenzó a escribir. A los 15 años empezó a recorrerse y a manifestar sus búsquedas y hallazgos. Pasó horas y horas sobre uno y otro y otro y otro papel, sumando palabras. Eso se multiplicó cuando al pasar tres años de mantenerse cerca de ella, esperando alguna señal afirmativa para alcanzarla con sus brazos y sus labios, quedó claro que nada iba a pasar.
De aquella herida se llevó las palabras, estaba repleto de formas, trazos, ritmos.
El vacío persistió, la necesidad de contacto. Era claro que se había abierto una puerta hacia el interior, y que él se encontraba recorriendo pasadizos internos mientras por las grietas se escapaba uno que otro texto, sin mucha conciencia a veces, pero con entero compromiso, con entrega total.
¿Cómo podía llenar esa brecha? Seguía solo, perdido en su propio laberinto.
Sobre sus 18 años se encontró con el Teatro, y con un espacio que pudo contener sus primeras expresiones. Estaba perdido de todos modos, así que no fue difícil lanzarse al espacio amplio del escenario para improvisar bajo las luces un actor posible, incompleto. A medias, cojeando, sigue andando.
A tientas apenas pudo reconocerse y defenderse del desmembramiento; en un período largo fue adquiriendo voz. Aquellos trazos fueron tomando sonido, y ese amor tan intenso le acompañó siempre, con otros rostros y otros labios.
Abrir el pecho, respirar, descubrir su voz. Un día difícil de precisar se tropezó con su propio cuerpo y se dio cuenta de que el sonido que emergía y captaba provenía de allí, de una presencia de piernas, brazos, abdomen, espalda. Antes había nacido al papel, hoy el alumbramiento le llevaba al espacio.
Entonces murió su madrina. Luego su abuelo.

Ya un adulto, aprendía a mirar, oler, tocar… Aprendía a caminar de la mano y acompasarse, a recibir una sonrisa. Se ensució la ropa y las manos por vez primera, aparecieron los dolores musculares. Entonces podía empezar a hacer contacto, a relacionarse, a vincularse. Movió los labios, exhaló algunas palabras y vibró su cuerpo, de los pies a la cabeza. Se conmovió tanto que más de una vez comprendió que sus emociones se le salieran por los ojos, a modo de lágrimas.

Siguió pasando el tiempo.
¿Dónde está ahora? Hoy fracasa en su intento por contactar, más allá del tiempo, a la presencia infinita que sostiene todo y a todos, la Esencia Profunda, la Fuente Amplia y Eterna que permite el fluir de la vida. Sabe que allí, en el principio y el fin, está la manifestación que ha estado buscando, la expresión absoluta de su verdad, su rostro definitivo… El último gesto le será revelado a su tiempo.

Deja un comentario