Se le había perdido. Por más que intentaba encontrarla nuevamente, ella se escabullía una y otra vez entre tanto lugar común, malos entendidos y desacuerdos.
A veces podía intuir las razones del extravío. Salía a la calle y todo comenzaba como una queja interminable: el calor, el fuerte sol o la lluvia, el tráfico, la plata que no alcanza, el gobierno, la delincuencia, los pedigüeños en cada esquina, el metro atiborrado, la mala educación –ya no hay valores, la gente es terrible, cada quien vela por sus propios intereses –se decía una y otra vez.
Es fácil imaginar que cualquier voz se agotara de este modo, toda conexión perdida por un exceso de realidad, o quizás deba decir, por excesos en un sólo lado de la realidad. El desequilibrio de lo visible.
¿Hacía cuánto que no reía con amigos? ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se encontró, despreocupado, hablando de cualquier cosa, o de aquello que llevaba dentro de sí? Esto había pasado, por supuesto, estas experiencias existían en su memoria, estaban allí, como reflejo de eso que no encontraba y que seguía buscando: su propia Voz.
Sabía que era posible imaginar un mundo distinto. No sólo imaginarlo, evocarlo, sino traerlo quizás con un primer acto voluntario que generara algún tipo de reacción en cadena; retornar del olvido, dar la vuelta hacia una memoria más concreta, cercana, íntima.
Así que se dispuso a ello, intentando no manipular más, no esperar más, no forzar las cosas donde ellas no se encontraban. Su intuición le dictaba que, aunque los primeros pasos pudieran ser los más difíciles, los siguientes vendrían como consecuencia inevitable; después del primer impulso, la energía alcanzada por el movimiento desde su propio aliento le permitiría continuar otra hora, otro mes, otros años, en un lugar distinto que fuese reflejo real de la corriente de su Alma.
Esa ha sido siempre su apuesta; a veces más consciente, otras veces menos.
Encontrar su Voz es lo que le animaba, atreverse a decir, articular sus propias palabras, engendrar sus particulares imágenes, manifestar sus repeticiones como peldaños de salida del estancamiento de los tiempos recientes.
Así que guardó silencio para poder concentrar su propia energía. Abrió más los ojos para sostenerse en su paso por las calles de su ciudad. Puso mayor atención a los sonidos para traspasar lo ilusorio y mirar el todo más allá de su contorno, las formas en movimiento como distorsión de lo apacible detrás de ellas, el centro inamovible que sólo puede percibir alguien que sabe estar de paso.
De la paradoja surgió un espacio intermedio, una apertura inaudita y verdadera, una posibilidad de disentimiento en el más absoluto encuentro, una opción de movimiento genuino.
Tengo tiempo que no lo veo, pero presiento que su ansiedad ha disminuido. Sospecho que camina a paso lento, dejando que el tiempo le albergue, permitiendo ser respirado por aquello que en todos habita.
No encuentro otra forma de decirlo.
A veces percibo su susurro y pido por escuchar, cada día más, su voz fortalecida. Esa que desde siempre le guía, le dicta posibilidades, le muestra lo que hay más allá. Esa tan cercana que se hace inconfundible.
Debajo de la vibración que todos sentimos en el cuerpo justo antes de dormir, traspasando el nudo en la garganta de las despedidas, doblando la esquina del aislamiento, emergiendo del silencio puro, está esa Voz.



