Inalcanzable

El centro de tu pecho es

el ascenso de un aroma

que hace bosques, y mares
y alcanzan mis ojos callados.  
Te reconozco entonces
diosa de piel vestida,
deliciosa voz del ombligo,
amplio sonido de tus pies.
Me ves y ya no puedo
dejar de escucharte,
perplejo he detenido
el flujo de la realidad.
Me has mirado apenas
y me deshago en tu aliento,
como si de ti hubiese emergido 
antes de venir a este lugar.
Un candil encendido, destellos,
intensa llama en tus ojos
que hieren, que sanan, que alcanzan
este íntimo recodo que era mío.
Desde tu cintura los latidos,
el sonido que produces
es de mar, de días bajo el sol,
de agua salpicando tu voz de sal.
Bajo el aire que inhalas
se abre paso lo que no dices
entre dos lunas menguantes,
luces que quiero encender.
Me detiene la red de las esencias
tramada en lo ideal, en lo perfecto
de las nubes que en su paso
rocían quedamente y se van.
No hay neblina, al nombrarla,
como todo lo que has dicho
aparece tenue ese rubor
de la piel sobre tu piel.
Es suficiente la natural caída,
imaginario instante del fondo,
nuevos sonidos de un canto:
alabanzas del hombre que soy.
Lo que descubres son mis aguas
lo que separas mis territorios,
posible ascenso desde el fondo
de un pozo inagotable.
Toda esta suavidad te pertenece,
alma, centro, única mujer
que espero y envuelvo en mis deseos
sin llegar a alcanzarte jamás.

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