La Manzana Prestada

Juan Félix Sánchez murió el 18 de abril de 1997, a la edad de 97 años.

Yo sentía que él había vivido una eternidad, se me hacía que un siglo rendía para todas las experiencias que cualquiera pudiese imaginar, para experimentar transformaciones extraordinarias. En aquel momento no sabía que también es un tiempo suficiente para las despedidas, para ver partir aquellos afectos que en la ingenuidad de nuestros primeros años creemos que nunca nos dejarán.

Aquel 17 de abril había iniciado como cualquier otro día, un desayuno de arepas de trigo y guarapo caliente de panela. Las mañanas solían ser lentas en el pueblo, muchas veces no iniciábamos actividades hasta pasadas las diez de la mañana. Ese día, terminando mi último trago de guarapo yo sonreía mirando hacia fuera desde el portal; “me dieron una manzana,” resonaba en mi mente la voz de Juan Félix, el inicio de ese acertijo que me había contado en enero de 1996, cuando nos conocimos.

La taza tuve que soltarla en cualquier esquina sin repara mucho en su destino, porque desde el cuarto se escuchó el llamado de urgencia de Teresa, que había encontrado a Juan Félix en mal estado. No era la primera vez que esto ocurría, para un hombre de su edad y con múltiples complicaciones de salud, era frecuente que se descompensara y tuviéramos que salir de emergencia al hospital. Sin embargo, eso no lo hacía más fácil ni lo convertía en rutina, así que con los latidos en la garganta me movilicé a ayudarla, para poder cargarlo en la silla de ruedas y salir a buscar algún vecino que nos llevara al otro pueblo. Aquí no había hospital, era una comunidad muy pequeña para eso.

No tardamos en montarlo en primer camión que se prestó en llevar al tío, así lo conocían todos, hasta el centro de atención médica. En el hospital fuimos atendidos rápidamente y su condición pasó de crítica a estable en cuestión de una hora. Recuerdo claramente que se aferró a mi brazo y entramos juntos a la unidad de cuidados intensivos, al pasarlo a la cama el se retorcía frenéticamente, con una fuerza que yo no le había visto antes. En su lucha férrea, el se reía ruidosamente, carcajada tras carcajada me decía “tengo un mal muy fiero.” Y yo escuchaba, segundos después “me dieron una manzana,” como un mensaje que llegaba desde otro tiempo.

Aquella noche nos quedamos en el hospital Teresa y yo. Ella en la habitación, yo afuera sin poder dormir por lo incómodo de las sillas. Juan Félix debía estar en observación, porque todavía no había certeza de su recuperación. Nosotros habíamos conversado durante esas horas, incluso con María Betilde que había estado allí durante hasta muy tarde. Nos reímos a rato con las anécdotas del viejo, de la forma en que, sin ver, lo veía todo; sin escuchar, lo sabía todo; para nosotros era como si él hace tiempo que había ampliado su percepción para abarcar a todo el pueblo y todo el páramo, con un solo aliento.

Yo salí a buscar café y algo sencillo para desayunar. Me encantaban los pastelitos de queso y de carne, así que salí con esa idea fija en mi mente, con cierto alivio porque me parecía que se iba a recuperar y estaba convencido de que en las próximas horas volveríamos a casa. Aquella, era el espacio donde él había nacido, heredado de sus padres, un hogar antiguo con muchas historias que compartir.

En el patio central, la primera vez que conversamos solos, me había puesto un desafío:

Me dieron una manzana, y me la dieron prestada. Con ella cinco más , y diez para que guardara.

Yo no había logrado resolver esta adivinanza que hoy me parecía tan obvia. Al volver al hospital encontré las cosas muy diferentes a como las había dejado. Teresa estaba sentada en el pasillo, estrujándose las manos como si quisiera quitárselas de encima; Betilde había regresado y se mantenía de pie, a su lado, con la mirada baja y una de sus manos sosteniéndole la boca, para que no se desparramara por el suelo.

Minutos antes Juan Félix había tenido otra crisis, así que de nuevo había desaparecido por la puerta de cuidados intensivos, esa que marcaba la entrada a un espacio de incertidumbre. Los otros hombres de la casa no estaban allí, andaban páramo adentro buscando las bestias, tomando el tiempo reglamentario que los varones del pueblo se tomaban de cuando en cuando para dejar claro que podían, que era si se les daba la gana, para probar su capacidad de sumergirse en la inmensidad.

De las cosas sencillas se encargaban las mujeres, ellas sostenían la realidad con sus manos, con pasos cortos, sus cocciones y encantamientos cotidianos. Con sus 15 años, Betilde ya era una maga capaz de ordenar cualquier alma en cuestión de minutos; era un saber que pasaba de generación en generación, una coreografía invisible en la cual los hombres no podíamos ser iniciados.

Así se jugaban las presencias, las ausencias y los desencuentros en el pueblo, así también Epifania esperaba con lentitud algún retorno. Ella había sostenido la realidad para Juan Félix por más de 60 años, desde su partida hacia aquel valle lejano y vacío que luego se conoció como el Tisure, durante los tiempos en que construyo su primera capilla de piedra, el calvario con tallas de madera, el camino hacia el fondo de su propia esencia invisible, sostenida en los trazos inimitables de sus mantas.

Yo volvía a escuchar “me dieron una manzana,” y recordaba aquel día en que escuché esa adivinanza por primera vez. Él estaba sentado en su silla de ruedas, cogiendo el sol en el patio interno de su casa natal, con un conjunto de vestir de pantalón y chaqueta azul, un suéter gris debajo y un sombrero de blanco gastado por el polvo y el tiempo. Al menos diez palomas lo rodeaban, picoteando los trozos de arepa de trigo que el sacaba y desmenuzaba con sus manos gruesas, al ritmo de un canturreo incomprensible, dinámico, grave, que hacía vibrar la distancia con sutil calidez. Era una voz que traspasaba las ideas y conectaba con la sencilla presencia de todas las cosas.

Muchas veces en ese patio nos habíamos reído, yo casi gritaba al leerle el Mártir de Gólgota, para que pudiera captar los giros de una historia que le parecía tan interesante y divertida. Allí también, entre los sonidos de nuestras palabras, se configuró la vivencia que me cambiaría significativamente.

Yo no podía descifrar su adivinanza. “Piense, piense,” me decía alargando las vocales, como provocándome con picardía. Yo insistía en que era imposible, entonces él se reía de mí, en un eco que se confundía con los sonidos del río Chama chocando con las piedras.

Era natural ver en él esa alegría esencial, esas ganas de conocer y conversar con todo el que pasaba. Para aquel tiempo, su figura ya era bastante conocida, de modo que numerosas personas, de los más diversos orígenes, iban a conocer al Artista de los Páramos. Él era el que había hecho las capillas de piedra, el artista de los viacrucis y las tallas de madera dedicadas a la Virgen de Coromoto. Los turistas pasaban a estrechar su mano, él los recibía con gusto para tomarse con ellos un guarapo, porque lo que más disfrutaba era el diálogo durante esa visita.

“Me dieron una manzana, y me la dieron prestada…” Solía también repetir aquí y allá, logrando descolocar a los otros. Él sabía que era necesario el intercambio, que no podían transitar por aquellos espacios sin dejar una prenda, hacer un trueque, dejar un símbolo que les permitiera continuar su camino. A cambio de ese tiempo, de la foto que se tomaban, solicitaba dos cosas: una copia de la foto sacada y una piedra de su lugar de origen. Con esta promesa, él les dejaba ir.

Esas fotos, se iban guardando de forma organizada, luego de escribir a máquina una leyenda en la que se indicaba los nombres de las personas que en ella aparecían y la fecha en que fue tomada, en álbumes dispuestos con ese fin, dentro de un escaparate. Las piedras también se acumulaban, indicando, como si de un museo se tratara, su procedencia y la fecha de arribo.

Todo aquello ahora parecía lejano, como un juego sencillo y amable, una triquiñuela de la que nos invitaba a ser cómplices. En el hospital, mientras esperábamos noticias, apuramos el café, pero no pudimos terminar con los pastelitos. Las historias y los momentos que pasaban por nuestras cabezas se guardaban en el interior de los tres, pues manteníamos el silencio, sosteniendo la respiración, como si de nuestra tensión física y emocional dependiera la vida de Juan Félix.

Cuando el médico salió caminando hacia nosotros desde la puerta de cuidados intensivos, ya no hacían falta palabras. Los tres supimos de inmediato que el viejo había partido de manera definitiva, que su alma estaba de vuelta en el Tisure y al encuentro con su madre. En esos segundos pasaron también años, los más y los menos, como un giro de la memoria que te sorprende con sus hallazgos.

En aquel primer año de mi estadía en casa de Juan Félix, el 8 de septiembre de 1996, yo lo había visto caminar, también muy lentamente, hasta la capilla. Con gran dolor en sus rodillas, con la respiración entrecortada y los brazos luchando por sostener sus pasos entre mis manos y la andadera, él quiso rendirle un homenaje a la Virgen.

No sé si esto era algo que él solía hacer todos los años, pero en esta oportunidad me tocó ser testigo de su esfuerzo. A pesar de la corta distancia, nos tomó largo tiempo entrar en la capilla y acercarnos al altar. Una vez allí, acercando excesivamente su cabeza al altar, casi olfateando la luz y los espacios, encontró el lugar perfecto para acomodar cada figura.

“A la gente le gusta lo feo,” me decía. Con ese sentido de fealdad había creado su estética inusual, su manera particular de imaginar lo numinoso. “Me dieron una manzana, y me la dieron prestada,” volvía a resonar dentro de mí. Con ella, él había podido completar su tarea, dejarnos esa Virgen de madera en su justo lugar, para dar paso al ritual de agradecimiento al que asistimos todos más tarde.

Quiero pensar que allí se mantuvo también cuando bajamos la cabeza y dimos sepultura a sus restos en esa misma estructura de piedra, cuando se selló el acuerdo que le permitió retornar aquella manzana prestada, con sus cinco sentidos dedicados a la creatividad y los diez preceptos que le guiaron a lo largo de su vida.

Ese 18 de abril de 1997 se completó un círculo, sus risas permanecen, el guiño en el ojo, el acuerdo sobre el acuerdo cómplice del que nos hizo parte, el retorno a la madre que lo esperaba en el origen y sus resonancias esparcidas entre el pueblo y la profundidad del Páramo.

 

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