Recientemente me vi en situación de leer la Tragedia de Sófocles, Antígona, y escribir sobre ella. Ahora comparto parte de mis reflexiones en este espacio:
¡Ah, de la tierra tebana ciudad paterna
Y dioses antepasados,
Llevada soy y ya no hay demora!
¡Contemplad, de Tebas los príncipes,
A la que de la realeza sola queda,
Cómo y a manos de qué hombres sufro
Por haber la piedad piadosamente practicado!
(Antígona, en Antígona de Sófocles)
Sobre Tebas parece haber caído una sustancia maligna. Volvemos a escuchar, entre los muros del palacio de sus reyes, los designios oscuros del sabio Tiresias, cuyo conocimiento de los dictámenes sagrados se asemeja a una maldición. No es su ceguera el castigo, sino su visión, su conciencia.
Todos los espacios de esta ciudad están siendo tocados por la claridad Apolínea, preciso delineamiento de las circunstancias que llevan de una acción a otra, de una particular causa a su específica consecuencia. En este espacio regido por el sol no hay lugar para los secretos, todo debe ser revelado y es este afán el que quizás produce la perdición de sus habitantes.
Es así que se no permite ver que del estricto cumplimiento de la Ley del Hombre surgen los predicamentos que implacablemente alcanzan a quienes se convierten en recipientes de la sangre que esta seca tierra de Tebas reclama: antes Edipo, hoy su descendencia. Eteocles, Polinices y Antígona, todos viven bajo esa luz irremediable que todo reprocha.
No hay lugar para los amantes, no hay espacio para los silencios, todo debe ser dicho a viva voz y frente al tumulto, las voces del pueblo que siguen anunciando a lo largo de toda la Tragedia aquello que ya sabemos inevitable. El arribo de la muerte, el descenso de una nueva Perséfone que jamás será reina.
“El odio se cierne sobre Tebas como un espantoso sol. Desde que murió la Esfinge, la innoble ciudad no tiene secretos: todo acaece de día”. (Del libro Fuegos, texto titulado Antígona o la Elección, de Marguerite Youcenar).
Un entramado de maldiciones se cierne sobre Tebas. Maldito es Tiresias que sostiene sus visiones de lo inevitable a través de su ceguera; maldito fue Edipo cuya condena sigue tras su descendencia; maldita es la inamovible voluntad de Creonte; malditas Yocasta y Eurídice que se abrazan en una muerte común, insoportable evidencia de su propio despertar; maldita la viva voz de Antígona que sigue retumbando en las catacumbas.
Estas complejas tensiones producidas entre las Leyes Humanas y los Designios Divinos, nos dejan exhaustos sin saber a qué Dios debemos nuestras próximas libaciones y sacrificios. ¿Cuáles son las voces que debemos escuchar? ¿Cuáles voluntades es necesario honrar?
El faro de Delfos despliega su esplendor en demasía, el blanco es ahora el color del arrebato, de la imposibilidad de sostener la verdad en una sola vida. Quisiera lamentarme ante todos por igual, pero esta inadmisible pretención me acerca a quien procura repartir justicia, quien intenta poner orden en todas las cosas y, pasando por imparcial y con claras razones, determina el destino de los hombres.
“… He proclamado a los ciudadanos un edicto referente a los hijos nacidos de Edipo: que a Eteocles, que en defensa de esta ciudad musió luchando tras sobresalir por entero en la lanza, se le dé sepultura y allí se le ofrenden todas las libaciones que son debidas a los más notables muertos allá abajo; pero, de otro lado, al de su misma sangre, a Polinices digo, que a la tierra patria y a los dioses de la estirpe volviendo del destierro quiso prender fuego de arriba abajo, y quiso alimentarse de la sangre de los suyos, y llevarse esclavos a los demás, a ése prescrito queda a esta ciudad que ni se le atributen los honores fúnebres ni nadie lo llore, sino que se le abandone sin enterrar y que su cuerpo sea pasto de las aves rapaces y de los perros y ultrajado a la vista. Tal es mi criterio, y nunca de mi parte al menos obtendrán una estimación mayor los malvados que los justos”. (Creonte, en Antígona de Sófocles).
Es de este modo como el Rey de Tebas proclama la múltiple desgracia que traerá la necesaria noche a estas tierras, es así como se abren los cántaros para que brote la sangre que ha de nutrir los suelos de la región, es el único modo en que se produzca el sacrificio necesario para que todavía hoy podamos escuchar la voz de Antígona en el Alma.
No podemos sin embargo juzgar como inadecuadas las razones de Creonte, y es ello lo que nos pesa a todos. ¿No queremos acaso todos la justicia? ¿No esperamos que sobre nuestras ciudades manden gobernantes claros, justos y que con voluntad férrea sepan defender la paz que ansiamos? ¿No clamamos por jueces imparciales que sean capaces hasta de condenar a sus propios familiares si los descubren en falta grave? ¿No buscamos a veces la línea exacta que nos permita saber con total seguridad lo que es bueno y lo que es malo?
Él ha hablado de acuerdo a lo que dicta el sentido común del mandatario. Una guerra había azotado nuestras casa, un desigual enfrentamiento entre dos hermanos, el primero –Eteocles– defendiendo el status quo, el segundo –Polinices– trayendo la sublevación y queriendo subvertir nuestro orden. Los enemigos de la ciudad todavía pululan por los alrededores y es necesario protegernos; nos sentimos agradecidos de contar con un Gran Señor que desde su trono mantiene el orden de las cosas que conocemos.
Los hombres de Tebas podrán pueden dedicarse a sus negocios, a impulsar sus empresas y desenvolver la vida lúcida y equilibrada a que siempre han aspirado. El único camino posible para que las familias prosperen, para que continúen todos con sus actividades de edificación de la Polis, el sendero de la productividad, de la forma sin sombras, del fenómeno con sus líneas precisas.
Pero quizás para alguien este mediodía interminable es insostenible, mucho más cuando se expone un cuerpo desnudo a las miradas, los perros y las aves de rapiña. ¿Quién es entonces ese cadáver insepulto? ¿Tiene nombre o es parte de los millones de seres anónimos que yacen en sepulturas comunes? ¿Quién irá a llorar a su lápida, quién se lamenta de esta pérdida? Sólo Antígona.
“No elige a sus hermanos enemigos, ni tampoco la garganta abierta ni las manos repugnantes del hombre que se suicida: los gemelos son para ella un sobresalto de dolor, como antes lo fueron de gozo en el vientre de Yocasta. Espera la derrota para dedicarse al vencido como si la desgracia fuera un juicio de Dios”. (Del libro Fuegos, texto titulado Antígona o la Elección, de Marguerite Youcenar).
En el revés de toda aquella justa luminosidad está la lágrima oscura y la sangre efervescente que requiere la tierra para florecer. La creatividad intenta ser ahogada por leyes precisas, sin embargo, como el agua, ella busca los resquicios para colarse e inundarnos.
Como manantial brota la voz de una doncella, que todavía no conoce los placeres de la carne, sin desposar, sin edad siquiera para opinar sobre los grandes e importantes asuntos de los hombres. Su ingenuidad es su condena, como lo fue para su padre y para su hermano Polinices.
“Es hermoso para mí morir haciendo esto. Con él (Polinices) iré a hacer querida, con un ser querido, tras llevar al cumplimiento un sagrado delito, porque mayor es el tiempo durante el que es preciso que dé satisfacción a los de abajo más que a los de aquí, ya que allí estaré para siempre”. (Antígona, en Antígona de Sofocles).
Antígona vive en la oscuridad de su tumba, donde le dejaron apenas alimento suficiente para solapar el remordimiento que pudiera producir su muerte. Todos somos responsables de este descenso y todos luchamos por quedar exentos de él. No podemos sin embargo, nos corresponde escuchar una y otra vez su llamado.
Esta potente voz de mujer nos recuerda también quiénes somos, llenos de dudas sólo tenemos la certeza de una fuerza invisible que nos une y nos complica, un juramento sagrado y eterno que nos vincula a toda la Humanidad, a nuestra contingencia y a la imposibilidad de regir por voluntad nuestra suerte. Ella nos recuerda que es una ilusión el ser dueños de nuestra vida.
Esas fuerzas invisibles que realmente nos gobiernan, ese fondo de la tumba donde yace Antígona junto a su hermano Polinices, es también el terreno profundo de todo lo que se nos hace inconfesable. Las nupcias de estos dos hermanos en el lecho de muerte es la unión definitiva de todos los seres, el punto de encuentro con nuestros espacios sombríos; nuestras faltas y defectos constituyen la base de este camino.
“Inocentes de las leyes, escandalosos a en la cuna, envueltos en el crimen como en una misma membrana, tienen en común su espantosa virginidad que consiste en no ser ya de este mundo: sus dos soledades se encuentran exactamente igual que dos bocas en un beso. Ella se inclina sobre él como el cielo sobre la tierra, volviendo a formar así en su integridad el universo de Antígona: un oscuro instinto de posesión la inclina hacia ese culpable que nadie va a disputarle. Aquel muerto es la urna vacía donde echar, de una sola vez, todo el vino de un gran amor”. (Del libro Fuegos, texto titulado Antígona o la Elección, de Marguerite Youcenar).
El doble matiz de las Diosas de infinitos dones, quienes tanto ofrecen a los hombres emergiendo de la tierra, se hace presente en su rítmico trastoque provocado por las fases de la Luna. Así también la rectitud apolínea encuentra su equilibrio en la locura dionisíaca.
La Core Antígona ha sido tomada como lo fue la Core Perséfone, pero aquella contiene en un solo corazón la absoluta angustia soportada por Deméter; su peregrinar es también más breve, su camino corto y con escolta hasta su tumba, su descenso más inmediato y amargo. Sospecho la corte de los sátiros, en su danza, atisbando el instante preciso de su salida sobre algún resquicio entre las piedras del sepulcro.
“¡Ah, tumba, cámara nupcial, subterráneo habitáculo por siempre vigilante, adonde me encamino al lado de los míos, de quienes, ya perecidos, un número muy crecido iene acogidos Perséfone entre los muertos, de quienes yo la última y la peor con mucho ahora bajo, antes de que se me haya cumplido el cupo de vida! En verdad que al partir en gran medida alimento la esperanza de que querida habré de llegar para mi padre, querida para ti, madre, y querida para ti, hermano, puesto que, cuando perecisteis, yo con mis propias manos fui la que os proporcionó el baño purificatorio, y os arregló y las libaciones funerarias os tributó”. (Antígona, en Antígona de Sófocles).
En medio de los intentos planificadores y los razonamientos puros, en los lados invisibles de los dictámenes imparciales y las decisiones justas, se cuela la voz de Antígona, y los acordes de la marcha nupcial que la llevó hasta la muerte. Quizás nos toque danzar hacia las oscuridades del Hades antes de poder reconocer la fuerza vinculante del amor.
Por ahora, desconcertados y solitarios, malditos también, intentamos escuchar esa voz palpitante en nuestro interior, esa fuerza que jamás se resigna, que lucha por ser reconocida, que sigue intentando a través de los tiempos el imposible de su realización. A veces se deja oír sin embargo el desplazamiento de alguna piedra, la ruptura de algún muro, la caída de sus lágrimas sobre aquel cuerpo aún insepulto.
“El ruido revelador traspasa los adoquines, las losas de mármol, las paredes de barro endurecido, llena el aire reseco de una pulsación de arterias. Los adivinos se tienden en el suelo, pegan a él el oído, auscultan como médico el pecho de la tierra sumida en su letargo. El tiempo reanuda su curso al compás del reloj de Dios. El péndulo del mundo es el corazón de Antígona”. (Del libro Fuegos, texto titulado Antígona o la Elección, de Marguerite Youcenar).


