Gracias Armando

El sábado 28 de noviembre de 2009 se realizó un pequeño y significativo encuentro con Armando Rojas Guardia, aquí en Caracas, en el cual presentaron sus aproximaciones a la obra poética y ensayística de este escritor venezolano dos analistas jungianos.

Cada uno realizó un recorrido por la producción literaria de Rojas Guardia, utilizando para ello dos mitos guía: la primera el mito de Orfeo, el segundo el mito del Héroe. De esta manera, pudieron darle cierto orden, sólo a efectos del compartir con otros sus conexiones y movilizaciones interiores, a aquello que les produjo releer los poemas y reflexiones del autor de «El Dios de la Interperie».

Así pudimos aproximarnos juntos, y teniendo a Armando como testigo, los distintos pasadizos de una vida creativa que se ha entregado al recorrido del alma, cayendo en las trampas de la locura y renaciendo de las areanas movedizas de aquello indeterminado, sostenido por una profunda conexión con lo Sagrado.

Leí textos de Armando Rojas Guardia por primera vez entre 1993 y 1994, siendo todavía estudiante universitario, y todavía tengo la certeza de que fue a través de sus palabras que aprendí a leer verdaderamente, a involucrar mis emociones y sensaciones en el proceso de recibir las imágenes trasladadas por la letra plasmada. Hoy sólo quiero abrir este espacio para honrar su poesía, a quien nos habla del alma, del cultivo de la interioridad, del establecimiento de una relación con aquello que está más allá de lo aparente, la constitución de una vida espiritual: el forjar del alma en esa lucha interna que sólo reconocemos en lo más hondo de nuestra intimidad.

Aquí les dejo con Armando:

«¿Quién eres, tú sonoro al fondo de mí mismo?
¿Cómo te llamas, horizonte presentido, oscuridad ansiada, ápice del fin, paisaje último donde el gozo no puede saber sino a agonía, olor álgido de un páramo donde la nada hace vomitar y el ser marea, rayo de muerte que sin embargo incendia toda vida?
¿Quién eres?
Palabra y silencio, abrazo perfecto y soledad que aterra, memoria secreta de la que se desprenden todos los recuerdos acallados y, a la vez, olvido radical en cuyo vértigo el pasado se disuelve y sólo queda un presente inenarrable (para describirlo, las viejas palabras no sirven).
¿Quién eres, canro irreprimible, color inesperado, brillante y sutilísimo, ventana central de la alabanza, de la admiración, de una complacencia sobrecogida y tierna (si la ternura puede colindar con el espanto de una dicha inencontrable, pero cierta como el sol?).
Amado en cuya carne espera la Amada que anhelábamos, Amigo quien bien puede ser el (¿la?) amante que desde la sombra nos corteja, Padre vacío como la vagina materna.
Mi Camarada, compañero dulcísimo y atroz de un juego que resume todas las emociones de todos los juegos de la infancia, cómplice sagrado de un póker de naipes tan cruciales como el destino y tan maravillosos como aquellos que hambrea el vicio del jugador empedernido.
¿Cómo describir tu rostro sin ojos que me mira? ¿Cómo decir que te temo deseándote?»
(Armando Rojas Guardia. El Dios de la Intemperie).

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