Tenía, tuve miedo de vivir y sin embargo, estoy viviendo.
Detenerme es respirar y sentir aquello que emerge, desconocido, que no depende de mi y no puedo controlar.
Entonces nos miramos y conversamos un instante, como si nada más existiera, como si las manos dejaran de engañarnos y pudiésemos reconocer, en ese momento de lucidez, que están vacías, abiertas, diluidas en sombras.
Todas las sonrisas son una.
Los cuerpos son uno, y los besos.
El amor deja de producir vergüenza.
Una voz, esa voz, nos invita a estar desnudos, a no esperar ni explicar nada, sólo dar un giro más en abrazos y entrega.


