Gracias por amar

No hay una forma correcta o incorrecta de estar, de amar, de compartir, de crear. Aunque a veces generemos la ilusión de que los hechos deben desarrollarse de una forma determinada.

Todo tiene consecuencias, por supuesto, pero en ocasiones nos encontramos tan llenos de dudas que pensamos en las cosas y los acontecimientos como si ellos tuviesen que ser de un modo específico (el nuestro) para ser adecuados, hermosos o aceptados.

A veces he incurrido en el juicio hacia mi forma de amar, hacia mis modos expresivos. En esos momentos la vida me parece ser una lucha por descubrir y establecer mi propio grado de libertad personal para, en mi relación conmigo y con otros, poder manifestar el amor con apertura total, sin tener que medir mis propias reacciones ante lo que no puedo (nadie puede) controlar.

¿No has sentido alguna vez el impulso de hablar con alguien, con mucha claridad, pero te has contenido por temor a la reacción? ¿No te han invidadido las ganas en algún momento de decir «te quiero» o «te amo» y sin embargo has guardado silencio por no saber si eso es adecuado o está permitido? ¿Te has experimentado ridículo o ridícula en ocasión de manifestar tu dulzura, compasión o profundo afecto por otros? Tal vez esto sea un asunto de mi relación conmigo, pero si alguna vez has percibido estas cosas o pasado por tales vivencias, sabrás a qué me refiero.

Hay aquí un asunto muy sutil pero de profunda importancia: no se trata de controlar o manipular las emociones, tampoco de atropellar con la pasión irrefrenable de nuestros deseos; se trata de algo distinto, de la sensibilidad que todos poseemos en nuestra condición de seres humanos, de la conexión interior que llevamos y que nos vincula con todo y con todos.

Tal vez quieres bailar con más energía y desparpajo, pero no puedes hacerlo porque hay otros mirando; si sientes la necesidad de un beso, no puedes darlo o solicitarlo porque quizás temas al rechazo o al juicio de otros (o los tuyos); al escribir poemas decides guardarlos para que nadie tenga acceso a tu vulnerabilidad. En ocasiones nos enseñan a llevar un ferreo control sobre nuestra imaginación y nuestra sensibilidad, dejándonos incapaces para contactar, con dificultades para dar y recibir de forma abierta, sencilla y directa.

Nos inventamos códigos, rebuscamos maneras sutiles o símblos sustitutos de aquello que realmente requerimos. Dejamos de nutrirnos para silenciar nuestros cuerpos y nuestros corazones. Quedamos sedientos en medio de un camino solitario. ¿Han pasado por ti, alguna vez, estas cosas?

Afortunadamente hay quienes nos enseñan a través de sus propios riesgos y sus formas de amar, hay personas que se atreven a querer y entregarse sin cortapisa; hay picardía y sonrisa en este mundo, hay entrega y compasión, hay solidaridad y sagrada locura.

Por eso te he pedido
que mires mis ojos
que me des un beso
sin preguntar nada.

De allí las sonrisas
y los quehaceres
la entrega desnuda
sin previsiones.

No hay bolsillos
donde ocultar
ni mentir, ni forzar
sólo estar y ofrecer.

Es un instante completo
infinito, total y minúsculo
un canto y alabanza
del contacto esencial.

Por eso te he llamado
te acompaño, pregunto
cómo estás y sonrío
amándote así, sin más.

Gracias a quienes aman, viven, danzan, se entregan, se arriesgan, por encima y a pesar de cualquier aparente limitación o desafío. Gracias a ti por estar, creer y crecer, por habernos encontrado en el alma, donde todos somos uno.

Deja un comentario